Los inmigrantes italianos llegaron con sus esquejes de malbec, procedentes de Buenos Aires, al Valle de Uco. Cuando se vieron en ese circo agreste, a 1100 metros de altitud y ante la colosal muralla andina, supieron que era donde echarían raices sus plantas y sus familias.

Un siglo después, descubrieron estas joyitas de 4 y de 6 hectáreas. Libres de filoxera, cultivadas todavía hoy con un caballo y desconocedoras de cualquier tratamiento químico, estas son la base de su malbec; sano, contundente y místico.

                                    

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